miércoles, 22 de julio de 2015

Ese intenso deseo... (final)

Mi lengua se erigía en círculos sobre su sexo. Sus gemidos explotaban en la habitación cuando mi boca apretaba sus húmedos labios… Pero sí, soy algo cabrón… Me detuve cuando sabía que estaba a punto de estallar. Aquellas convulsiones, la tensión de su cuerpo, como apretaba la ropa en sus manos…
Me aparte, y con fuerza, casi con brusquedad, la cogí de las  piernas y le dí al vuelta, dejándola boca abajo y dándole un par de manotazos en las nalgas antes de acariciarle la espalda con las yemas de mis dedos, contrastando la suavidad del gesto con la brusquedad del revés.
Volví a tomarla con fuerza, subiéndola de las caderas para dejarla de rodillas y enrollando su melena en mi puño, como si fuera un ramal de la yegua que me iba a montar. Le abrí las piernas. La obligué a echar la cabeza hacia atrás, a tensionarse… y la penetré con fuerza. Estaba tan mojada que mi polla entró sola.


Bombeé con fuerza, salvaje, haciéndola gemir de placer, arrancándole alguna maldición con mi nombre. ¡Dios! La poseía como un loco y sé que a ella le gustaba. Me estaba haciendo sudar y su piel empezaba a brillar también, mientras su espalda se arqueaba y yo seguía tirando de su pelo.
Me acerqué a su oído. Dije alguna que otra palabra mal sonante pero que en ese momento sonaban como caricias.

“Me gustas así… Mía…”

Me sorprendió aquella iniciativa suya. Me apartó en un momento. Hizo que me sentará y se colocó a mis pies, como una gata en celo… dejándose oler, mostrándome su sexo, desesperándome… hasta que, sentada a horcadas, se hizo clavar por mí.
Me llevó las manos a su culo y las mantuvo bajo las suyas mientras se veía como ese vaivén de olas: Adelante…, hacia atrás… Balanceando su cuerpo… en tanto yo levantaba las caderas para meterme más en ella.
Aquellos pezones erectos me estaban volviendo loco. Mi boca se volvió ávida de ellos y los tomé entre mis dientes, los lamí, los absorbí… Y ella aceleró sus clavadas en mí.

Me clavó las uñas, marcándome. Cogió mi cabeza entre sus manos, sin cesar en sus movimientos. Creí que me iba a bofetear de lo salvaje que estaba pero no… Se acercó a mí y si yo antes le había dicho que era mía, ahora me reclamaba a mí como suyo. Le agarré el pelo y tiré de ella hacia atrás. Le mordí de nuevo los pezones. Se los pellizqué… Y sus uñas continuaron arañando mi piel… ¡Joder, que cabrona, que salvaje! ¡Me volvía loco!

 

Empecé a levantarla, a hacer que sus hincadas fueran más fuertes. La notaba abrirse a mi polla. Su boca se abría, gemía… Y yo me bebía su aliento…
Y sentí su corrida. Ese río de lava que me mojó entero. Y siguió cabalgando, bárbara, desbocada… hasta que yo me fui dentro de ella, mezclando mi líquido con el suyo…, abrazándola, bebiendo su agotado resuello…

Lo sentí estremecer mientras sus puños se cerraban nuevamente en mi pelo; jalando a ritmo de sus golpes de caderas.
Ambos comenzamos a sentir los espasmos que anunciaban el orgasmo. Él sostenía mi espalda mientras la arqueaba, y entre ahogados gemidos sentí su caliente esencia invadirme dentro.

Ni sé cómo llegamos a la cama pero al despertar, estaba solo en la cama. Pensé que estaría en el baño o en alguna parte de la casa pero no se oía nada.

La llamé mientras, desnudo, iba en su busca. No estaba. Busqué mi móvil para llamarla, para saber dónde estaba, qué había pasado… Y, entonces, vi la nota:

“D.:
Fue una noche extraordinaria…, gracias.
Ahora debo marcharme; ambos sabemos el por qué.
Disfruta tu estadía en la ciudad, y espero podamos vernos nuevamente antes de tu partida.
Un beso.
M.” 

lunes, 6 de julio de 2015

Ese intenso deseo... (2)

Sus ojos se clavaban en mí.
Tomé un hielo bajo su atenta mirada. Sentía cómo se deslizaba por su boca. Su lengua asomaba y recogía cada gota en sus labios. Me acerqué aún más a ella. Mi lengua acarició la suya, sintiendo su suavidad y humedad en mi boca. Poco a poco fue retirando su jersey. la visión era increíble. Tan bella y delicada ante mí... Su silueta perfecta y sus senos apuntándome bajo el fino encaje.


Posé mi mano en su nuca mientras besaba su cuello, llevándola hacia la gran alfombra de lana que quedaba a nuestros pies.
Mis manos no dejaban de acariciarla. Deseaba meterme en cada poro de su piel.
Mis dedos rozaron sus senos retirando la camiseta de encaje y el sujetador. 
Nos miramos, y una sonrisa suya iluminó mi rostro.
Descendí hasta sus pechos. Tomé otro hielo. Sintió el contacto con su piel, erizándola. Sus pezones se endurecieron bajo mis dedos. Un leve gemido escapó de su boca.4

La observé y comencé a besarla. Lamí sus senos recogiendo cada gota que se deshacía en ellos. Mis dedos navegaban por su abdomen, llegando a su cadera, su suavidad, el delicado contacto de su piel.., hicieron que las ganas por sentirla aumentarán.
Su botón cedió a la presión de mis dedos, al cual seguiría otro..., y otro..., hasta dejarlos abiertos todos.
Fui bajando su pantalón que descendió por sus piernas. Las acaricié y besé en su descenso. Su excitación crecía con cada chasquido de mi lengua...


La prenda cayó a sus pies. Sonreí bajo sus ojos que no cesaban de observarme. Separé sus piernas con decisión. No digo que sin ternura pero sí con determinación. Dando un toque de alerta.
Mi lengua recorrió el interior de sus muslos hasta detenerme en su  tanga. Mis dedos lo acariciaban. Sus labios se dibujaban bajo el tejido por la excitación y la humedad aumentaba. La incrementé con un lento movimiento, acerqué mi boca, retirando levemente su goma. 
Comencé a lamerla. 
La miraba. Su pecho ascendía y descendía preso de una excitación cada vez mayor.
Me recreaba en cada movimiento. Tomé la goma entre mis dientes y comencé a quitárselo...


Atrás...
Sigue...

domingo, 14 de junio de 2015

Ese intenso deseo...

La noche hacía horas que había caído sobre la ciudad. El viento soplaba arrastrando las hojas sobre la plaza desnuda. La gente iba pasando con sus miradas perdidas en algún lugar infinito. Consulté el reloj, casi era la hora de la cita. El frío se mezclaba con un temblor que recorría mi cuerpo. Subí el cuello de mi abrigo, buscando refugio en él. 



Miré alrededor pero no encontraba lo que buscaba. Tras unos minutos, sentí unas manos suaves tapando mis ojos y un cuerpo que se estrechaba contra mi espalda. Su perfume la delataba. Una sonrisa surgió de mi boca al sentirla. Me giré. Nos miramos y no pudimos evitar besarnos. Sentir el contacto de sus labios, el roce de su lengua junto a la mía, elevándome hasta el cielo... Permanecimos unos instantes unidos. Las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer sobre la Piazza: comenzamos a andar  nos refugiamos en ese antiguo café de la Galería.


De la mano abandonamos aquel maravilloso café. Sentía sus dedos entre los míos, acariciando suave. La lluvia continuaba y tomamos un taxi. Entramos en él y le indiqué al taxista la dirección de mi apartamento, tres manzanas más allá.

Sus miradas se clavaban en lo más profundo de mi ser. Mi mano aún tenía sus dedos mientras que la otra acariciaba con delicadeza los cabellos mojados que tapaban su rostro. Al acercarnos y estar tan próximos, nuestras bocas se fundieron en un cálido beso. Sentí su lengua rozando entre mis labios, suave y juguetona. Tras escasos minutos, el taxi se detuvo en mi portal. Pagué la tarifa y salimos bajo la lluvia.

Ambos sentíamos ese deseo que crecía, donde el suave contacto de nuestras manos, las miradas iban acrecentando esa sensación. Subimos en el ascensor. Su sonido quedo oculto bajo nuestros labios que se buscaban y deseaban.

Abrí la puerta del apartamento. Encendí la luz y ambos entramos. EL interior permanecía como en una niebla.

Le quité el abrigo, mojado por la luvia, y le dije si deseaba tomar algo. Asintió. Preparé dos whiskys  con hielo. Encendí un par de velas y una cálida luz inundó el ambiente. Ella se sentó en el sofá y esperó a que viniera con las copas. El hielo tintineaba en ellas. Una mirada seguida de un brindis...
Dejamos las copas en la mesa. Mi mano tomó la suya. Nuestros cuerpos se acercaron fundiéndose en un nuevo y apasionado beso...


viernes, 17 de abril de 2015

Miradas (V) Inesperado e imprevisto...

Era una buena noche así que la terraza estaba hasta la bandera. No encontramos sitio pero ella prefirió quedarse aunque fuera de pie. La música siempre ha sido buena en este establecimiento.
Me gustó verla así: desinhibida. El vino era espectacular y ella solo había bebido una copa pero me dí cuenta, y así me lo confirmó, que no estaba habituada y se le había subido un poco a la cabeza.
No soy un cabrón ni un tipo que se aprovecha de situaciones que le benefician cuando están implicados sentimientos. Yo sentía, siento, por ella todo y quiero ganármela de las mejores formas, a pecho descubierto, con el corazón en rojo vivo, latiendo...

Pero cuando se enganchó a mi cuello como una chiquilla, con aquella sonrisa y aquellos ojillos echando chispas... Reconozco que mi cuerpo sintió un sin fin de latigazos que lo hicieron temblar de extremo a extremo.
Me dejé besar... Apenas un roce... Suave... de sus labios impregnados del sabor fresco y ligeramente amargo de aquel mojito.


Me sentí en una situación complicada: Por un lado, era fácil dejarme llevar, comérmela a besos, estrecharla en mis brazos con más pasión que ternura. Por el otro, el sentido de responsabilidad, la innecesaria precisión de romper la magia que nos rodeaba.
La queria, como siempre la he querido, viva, suya..., en sí...
¡Dios! Cómo me gustaba ya entonces, cómo me hacía sentir y vibrar solo con una mirada... Aquella sonrisa que sigue haciéndome estremecer... Cómo la deseaba, cómo la sigo deseando...
Mi cuerpo se blandía en sensaciones que necesitaba controlar. Nada de locuras. Nada de errores. Nada de nada...

Así que un rato más tarde, antes de que hiciera algo de lo que pudiera arrepentirme, decidí llevarla a casa con una pequeña excusa. Ella aceptó aunque me pidió un "poco más".
Ella es pura tentación para mí y en aquel tiempo, cuando todo empezaba a surgir, todavía más. Tenerla tan cerca y poder tocarla, sentirla... y, en cambio, negarme a todo...
¡Dios!


Me quedé con las ganas… Con las ganas de todo, de cualquier cosa. Tenerla tan cerca, poder comérmela a besos, llegar a sentirla entre mis brazos… Y me quedé, o nos quedamos, a las puertas de todo lo demás.
No sé qué pasaría por su mente o qué no quería que pasase pero me sentí algo ingenuo y estúpido. No sabría decir en qué grado más lo uno que lo otro.

Mi ropa olía a ella. Estoy seguro de que la suya olía a mí. Habíamos estado tan cerca…

¡Qué tonta! ¿Tanto me costaba preguntarle si quería subir? Sabía que la respuesta hubiera sido un sí pero, por otro lado, no quería parecerle una chica fácil, aunque no sé trataba de eso porque, al final, por las cosas menos fáciles hacía que una pareciera una mojigata.
Aún tardé en dormirme.

Desperté demasiado temprano para un domingo pero mi reloj biológico estaba, y está, programado para una determinada hora. A pesar de haberme acostado a las tantas, mi cuerpo o mi mente no parecieron entenderlo.
El primero por costumbre, supongo; el segundo, por exceso de pensamientos, creo.
Miré la hora en el reloj de pulsera que tenía sobre la mesita de noche: Siete menos cinco de la mañana.
Ya había amanecido y el sol empezaba a querer asomar.
Miré las fotos de la noche anterior hechas con mi móvil. Había prometido pasárselas. Esta radiante, feliz… Después de roto el hielo, no había dejado de sonreír en toda la noche.
Remoloneé un rato en la cama mas no dejé de dar vueltas de un lado para otro, recordando e imaginando… Me acabé poniendo nervioso.
Volví a mirar el reloj. No había pasado más de un cuarto de hora y me había parecido una eternidad. Cogí el móvil y escribí un mensaje:

- “Buenos días, ninfa. ¿Qué quieres para desayunar?”

Adjunté un video de una canción: Is this love? De White Snake. Y esperé.

Estaba en el séptimo cielo a mano derecha. Me gustaba, me sigue sabiendo muy bien dormir por la mañana, en esas horas en las que la noche da sus últimos coletazos para vestirse de día. Además, habían pasado poco más cuatro horas desde que me había acostado.

Siempre he dejado el móvil en silencio pero con vibración por las noches. Vivir sola no significa(ba) vivir aislada del mundo.
La vibración me hizo reaccionar más tarde pero el corazón se me aceleró. Por un momento, pensé no cogerlo pues me dí cuenta de que se trataba de un mensaje por el tiempo de movimiento.
Y leí el mensaje de David. Al tiempo que le maldecía por haberme despertado en lo mejor del sueño, me agité y sonreír por la ocurrencia. Qué podía responderle: “¿A ti?” Demasiado evidente y muy poco apropiado después de lo sucedido por la noche.



- “Buenos días. ¿Unos croisants?”
- “Lo que mande la señora” –me respondió a los pocos segundos.- “¿Te he despertado?”
- Evidente –pensé para mí-.”Sí, pero así no he podido evitar pensar en ti :-)”.
- “Tú también has sido mi primer pensamiento.”

Estuvimos chateando un poco y luego él se despidió, diciéndome que se iba a correr un rato.
Yo me quedé un rato más en la cama, viendo el vídeo que me había enviado. La canción siempre me había gustado. Tenía (tiene) un ritmo precioso, como si te abrazara, como si pudiera sentir el balanceo de mi cuerpo entre sus brazos. Y ahora, por lo que me estaba sucediendo, le dí otro sentido.

♫♪♫
 ... ¿Es amor lo que estoy sintiendo?
¿Esto es el amor que he estado buscando?
¿Esto es amor o estoy soñando?
... contigo encontré la llave
para abrir cualquier puerta.
Puedo sentir mi amor por ti
creciendo más fuerte día a día...
Y no puedo esperar a verte nuevamente
para poder tenerte en mis brazos... 
 ♪♫♪

♪♪♪ Escuchar canción ♪♪♪


Intenté dormir. Me tentó Morfeo pero no me conquistó pero la pereza y la vagancia sí que ganaron…, entre otras cosas…

No fui a correr. Me dí una ducha. Me vestí de forma mucho más informal: Unos vaqueros azul claro, una camisa gris marengo por dentro y una chaqueta de cremallera…
Y me fui hasta la mejor pastelería de la ciudad donde compré lo que ella me había pedido y algunos dulces más. De camino a su domicilio, me detuve en una floristería y le compré unas flores sencillas, tipo silvestres. Sabía que no me esperaba. Ni se le pasaría por la mente. El factor sorpresa siempre puede ser un aliado o, por el contrario, la peor de las pérdidas.

Holgazaneé un buen rato hasta que el timbre de la puerta me sorprendió.
Salté de la cama. Me atusé un poco el pelo. ¡Parecía una loca! Cara de sueño y mi pijama. Bueno, pijama… Un pantalón corto que enseñaba más que escondía y una camiseta de tirantes de color negro… Descalza llegué a la puerta del piso. Miré a través de la mirilla… ¡Dios mío!
¡No podía creerlo! ¡David al otro lado de la puerta! Apenas reconocí su rostro. Tal como me acerqué a la mirilla me separé de ella, pero esa mirada podía, puedo, reconocerla en cualquier parte entre un millón de ellas.


El corazón empezó a rugirme dentro del pecho. Los nervios hicieron que mis manos temblarán y que pusiera cara de sorpresa y, seguramente, de tonta.

La puerta se abrió, sus ojos aun somnolientos no perdían ni un ápice de su belleza. Su cara de sorpresa frente a mí. Sus preciosos rasgos dibujaban una mueca de estupefacción  y tras ella un enrojecimiento. Para romper el hielo bromeé y le dije:

- ... Yo también me sorprendo de verte -Y me carcajeé-. ¿Me dejas pasar o nos tomamos los croisants en la entrada?

Ella sonrió  y pasamos hacia el interior. La seguí desde el recibidor,  hasta llegar a una habitación que  se abría a una amplia y luminosa cocina. No pude contenerme. Dejé la bolsa con las cosas encima de la mesa. Me giré. Miré a Cala y extendí los brazos, para rodearla con ellos. Nos miramos a los ojos y ella bajó la mirada instintivamente. Le obligué a mirarme, poniendo mi dedo en su mentón... Y me incliné para besarla.



Eso tenía que haber pasado la noche anterior pero ya estaba. Tocaba ahora y este era el momento.Pero se azoró un poco, se sintió tímida y la solté sin dejar de sonreír.
Preparó el café y yo dispuse los dulces en un bonito plato que ella me dio. Mis ojos la seguían a todas partes.

- Anoche estabas preciosa pero hoy, así, recién levantada... ¡¡Uffff...!!

La hice sonreír. Conforme pasaban los minutos la fui sintiendo más cómoda, como si yo hubiera estado allí media vida. Me sirvió el café y tomé un sorbo.

-  ¡Vas a quemarte los labios!
- Me gusta caliente... Está bueno -le respondí mirándola de reojo, por encima de la taza.

No sé cuándo fue el momento justo en el que mi mano acarició sus labios, húmedos aún por el café con leche. Me miraba con esa mirada tan intensa que me desarmaba y me sigue desarmando, y acerqué mi boca para fundirnos en un suave beso que fue ganando en intensidad. 
La senté en mis piernas. Mis manos la estrechaban y acariciaban... 
¡Nadie sabe lo mucho que deseaba algo así! 
Nuestras lenguas se acariciaban y deslizaban cargadas del sabor a café. Mis manos recorrían despacio su espalda, sintiendo la suavidad de su piel...

- ¿Te hago el amor aquí o me llevas a tu cama? -le pregunté mientras mis manos se perdían al final de su espalda.

Apenas me dejo terminar la frase. Su lengua me atravesó como una espada candente. La tomé en brazos y caminé con ella unos pasos, los que nos separaban de la encimera libre. Sus manos se perdieron en mi pecho, bajo la camisa gris. Las mías hacía tiempo que recorrían su fina piel... perdiéndolas en sus pechos, rozándolos, buscando sus pezones erectos, apuntando hacia mí.. Descendí hasta ellos para besarlos y acariciarlos pero su respiración se agitó e incitó a mis sentidos, a mi boca, para deleitarme con su contacto entre mis labios..., lento, suave, pero a la vez intenso y excitante.

Sus manos buscaron mi entrepierna. Para entonces mi polla estaba ya tremenda, erecta, erguida, suplicando por aquella mujer a la que tanto deseaba.
Deseaba estar con ella, vivir con ella, hacer de mi vida la suya... Era la mujer que deseaba follarme toda la vida... Y es la mujer a que no follo todos los días.

Sus manos abrieron mi pantalón y me toco por encima del bóxer que, supongo ya se habría mojado por mi excitación. Noté en contacto de su mano perfilando mi bulto bajo la tela, siendo acariciado con delicadez, diría que con ternura. Mis manos la imitaron. La aupé lo suficiente para quitarle el pantaloncito y la volví a sentar para deshacerme de su camiseta.

Nos besamos nuevamente mientras nuestros sexos se aproximaban y rozaban, impregnándose el uno del otro... Los besos se alargaban, se intensificaban, se hacían densos, y nuestras bocas se fundían como mudos testigos de lo que más abajo ocurría. Mi polla rozaba contra sus labios, henchidos ya de ganas, abriéndolos despacio, suave, perdiéndose entre ellos en un suave embate, presionando su clítoris; mientras mis manos agarraban su culo, apretando sus nalgas, amasándolas...

Aquel beso suyo se extendió hasta mi oído:

Hazme tuya... No sabes cuánto te deseo... -me dijo excitada y con la voz entrecortada. Aquello me excitó. Me volvió más loco aún si cabía por tenerla entre mis piernas, por meterle mi polla hasta lo más profundo de su coño; por hacerla gritar de gusto, por reclamarle todo lo que deseaba de ella y a darle todo lo que necesitaba de mí...

Me sorprendió aquel empujón que me dio. Casi me hizo dar un traspiés. Me dejó contra la mesa. Se agachó delante de mí y... ¡Dios!, empezó a mamarme golosamente, como si le fuera la vida en ello, pero, al mismo tiempo, con sutiliza... 

Su lengua era un castigo, un gusto... rodeando mi glande, dibujando círculos en torno a él, avanzando terreno,sin dejar de mirarme. Aquello me ponía a mil. La dejé hacer. Quería disfrutar de aquello.

Su lengua empezó a lamerlo: Desde la punta hasta la base, por arriba, por abajo... por un lado y por el otro, recreándose en la punta, golpeándomela, estrujando mis huevos en sus manos... ¡Dios! No pude aguantar más y le agarré la cabeza, perdiendo mis dedos en su melena, empujando su cabeza hacia mi sexo, haciéndose lo tragar casi de golpe.
Y ella no digo nada. Aguantó y dejó llenar su boca con mi polla, hasta los huevos...
Sentía su lengua empujar, sus tetas pegadas a mis muslos... y comerme, beberse su saliva para dejar sitio a mi polla...


Ella, disfrutaba. Era como si me estuviera diciendo que no era la dulce mujer, tímida y aparentemente ingenua que todos pensaban. Dentro de ella estaba, está, la puta que todo hombre desea tener en su cama. Me incitaba a decirle palabras obscenas. Cuando le dije "zorra, chupa así...", dudé un segundo pero ella incremento el ritmo, cogió mi culo, estrelló sus palmas sobre mis glúteos y empezó a mover la cabeza arriba y abajo...Pensé que me rompía la polla. Yo apretaba mis entrañas para alargar más esa sensación, para no correrme pronto... para dejarla hacer, para dejarla ser...


lunes, 30 de marzo de 2015

Miradas (IV) La cena...


Me sentí muy nerviosa durante todo el día. Igual no eran solo nervios. Había emoción en mí. Tomar café con él esa mañana fue algo tan sencillo y trivial como increíble. No sé que tenía el Sr. Grey pero me volvía loca. Podía ser que estuviera falta de relación y me venían bien unos pocos mimos y algo de cariño más carnal.
Es verdad que por entonces no tenía grandes amistades. Las chicas y chicos de la oficina son compañeros y no comparto con ellos lo más esencialmente imprescindible. No me gusta mezclar churras con merinas por muy ovejas que sean.
Unos días antes  llamé a Almi y le conté lo que me pasaba. Es como yo, la verdad, así que no hicieron falta demasiadas palabras. ¡Vive!, me dijo. Viviré.
¡Ponte bien guapa y cómete el mundo!, me aconsejó antes de colgar.
Y eso fue lo que hice.
Fui a la tienda con la idea de comprarme un bonito vestido. Negro, sin mangas, de cuerpo ajustado y falda por encima de la rodilla con un poco de vuelo. Pero salí de ahí con una idea completamente opuesta.
Ya tenía los zapatos adecuados pero me compré también un conjunto bonito de lencería.
Soy de la opinión de que una buena lencería, que te siente bien, y un buen perfume... te visten más que el mejor y elegante de los vestidos.

Esa misma mañana, me mandó un ramo de calas. Me pareció precioso el detalle. A lo mejor un poco fuera de lugar, tal vez por inesperado pero, lo cierto, es que fue algo que me encantó. No así los comentarios cotillas de mis compañeros pero ya se sabe cómo son estas cosas.

Me fui directa a casa aunque me paré en una mercería a comprarme unas medias. No es que sea torpe pero me conozco y yo sé que con nervios y prisas, todo son carreras. Llevaba dos días sin verlo y el café de la mañana me había sabido a poco por lo que mis ganas de estar con él no habían hecho otra cosa que crecer y crecer.

Me sentía como una adolescente: inquieta, emocionada, con hormigas en el estómago y aleteos de mariposas en las mejillas. Me sentía más alegre, como más viva, con más ganas de hacer las cosas. No estaba segura de que aquello fuera una historia con atisbos de profundizar pero, fuera o no, me gustaba vivirla.


Me duché y me maquillé. Me gusta marcar mi mirada y ese rabillo al final de los ojos... Me encanta. Me recuerda a las actrices de los años 60.
Vestida con mi lencería tonteé un poco delante del espejo: Pose de espalda, de cara, de lado... Bien puestos mis pechos en el sujetador... La línea de la braguita bien definida... ¡Qué poco sensuales quedan las medias sobre la piel! ¡Menos mal que las caderas no se ven porque podía bajar la libido al más salido del universo!

El móvil sonó sobre la mesita de noche. Era David. ¿Recogerme un taxi? ¡Eso sí que no me había pasado jamás! Yo pensaba que vendría en un súper cochazo a buscarme y me mandaba un taxi. ¡Qué romántico!

El taxista me dejó en la puerta de un elegante edificio de esos de principios del siglo XIX. Me indicaron que debía subir hasta la última planta y ahí me  volverían a decir. Me pareció sumamente elegante… y, lógicamente, sumamente caro.
La hoster, una chica de unos treinta años, elegantemente uniformada y perfectamente maquillada, me dio la bienvenida. Pregunté por David y sonrió. Avisó a otra persona, un chico joven, igualmente uniformado con un traje negro y corbata corporativa en color rojo con unas franjas violetas y otras más finitas en ocre.
Le seguí hasta el ascensor. Me dí cuenta que tenía dos puertas por lo que deduje que daba a instalaciones diferentes. No me equivoqué.
La puerta se abrió y dio paso a un espacio de terraza no demasiado amplio, perfectamente decorado con velas y luces estratégicamente colocadas. En el centro, una mesa cuadrada a la que tampoco faltaba detalle alguno. Me di cuenta de que se trataba de un área reservada.
Me puse mucho más nerviosa de lo que ya estaba.

- Disfrute de la velada, señorita –me dijo el chico al que sonreír dándole las gracias.

Me quedé a solas con David que, de pie, apoyado en el muro que hacía de barandilla, ni se movió pero sí me sonrió.
Apenas se percibía el bullicio de la ciudad en aquella parte tan céntrica de ella. La noche era clara y despejada. Podían verse algunas estrellas o, más bien, adivinarse.

Obviamente, había llegado antes a la cita para tener todo controlado, que no faltara detalle. Decidí esperarla junto a la barandilla, mirando la ciudad a mis pies. El bullicio de las calles poco a poco iba transformándose en una razonable calma. 

Llevaba varios días pensando en Cala. Había calculado hasta el más mínimo detalle; pero aun así, los nervios se acopiaron de mí. En ninguna otra cita había sentido lo mismo. Ella era, es, especial, única... Y quería que fuera perfecto, que supiera lo que suponía para mí, que sintiera ese deseo que no dejaba de crecer desde el mismo momento en que la vi. Y que con su inocencia genuina y su sola presencia iba poseyéndome. Sabía que su inocencia no era un gesto postural, que era algo natural en ella pero también sabía que escondía mucha inteligencia y mucha estrategia innata.

Miré el reloj, apenas quedan unos minutos. Levanté la cabeza, levantando la vista al cielo: Una noche despejada donde la luna con su majestuosidad estaba eclipsando a todas las estrellas.

No tardaron en avisarme de la presencia de ella. No podía dejar de mirar al cielo, como si estuviera implorando a un dios todas las fuerzas necesarias para que todo saliera bien.
Escuché al camarero desearle una buena velada... Me giré y dos segundos que fueron eternos e intensos. Nos miramos como dos tontos, inmóviles, expectantes... hasta que decidí caminar hacia ella.

No sabía si acercarme o esperar a que lo hiciera él. En realidad, debía ser él ya que era quién me recibía. No me moví y aguardé hasta que se decidió. Lo hizo.

- Hola musitó, inclinándose para besarme en sendas mejillas.
- Hola.
¡Estás preciosa!
- Gracias –Me sentí idiota y algo más, estúpida-. Y tú también estás muy guapo y elegante.
Tenía casi cuarenta años y parecía una niña tonta de apenas veinte que queda por primera vez con su chico. Sí, una jovencita de los años catapúm porque ahora esa jovencita se lo hubiera comido a besos.
Me atrajo hacia sí y volvió a repetir el gesto. Su aliento y su perfume me hipnotizaron y juro por Dios que le hubiera hecho el amor ahí mismo, o me hubiera dejado que me lo hiciera.

Él mismo me sirvió un poco de vino y charlamos. Me perdía en su mirada y me quedaba embobada en sus gestos, en su forma de expresarse…
Intentaba disimular mirando al exterior. La altura me impresionaba un poco pero reconozco que aquella vista de la ciudad era espectacular.

Nos sentamos en la mesa. La miraba y podía sentirla nerviosa e intranquila. Le acerqué una copa de champagne... Las burbujas ascendían. 
Chin chin.... 
Veía sus dedos con un ligero temblor. Tenía que calmarla aunque yo estaba tan nervioso o más que ella.  Hombre como yo, acostumbrando a lidiar en las mejores plazas y con los peores toros y ahora, resultaba, que ella controlaba todo.
Decidí hablar intentando que se tranquilizara:

- Espero que te guste. Es mi lugar preferido. En los días claros se ve al sol ocultarse tras las montañas  y los colores que surgen son impactantes y bellos, aunque no se si llegarían a tu belleza -Sonreí-. He de confesarte que desde el pasado día que nos vimos tomando café y te propuse salir a cenar, no he dejado de pensar en esta cita... Espero que todo por el momento sea de tu agrado. 


Los minutos fueron pasando. Poco a poco, esa tensión inicial fue desvaneciéndose. Los camareros nos trajeron los platos e iban sirviendo el vino, creando un ambiente mas cercano e íntimo. 
No parábamos de mirarnos. Sentía como ella escrutaba mi rostro perdiéndose en mis ojos, y a mí me perdía, me hacía temblar. El suave roce de sus dedos por encima de la mesa buscando el contacto de los míos de la forma más descarada como inocente
Miradas directas cuando hablábamos de cosas triviales y miradas furtivas, tímidas, expresivas cuando profundizábamos en cosas más íntimas.... Su perfume me envolvía como una agradable nube  que adormecía mis sentidos. Percibí el movimiento de sus piernas deslizándose bajo el mantel y situándose entre las mías, como sin querer. Me moví en el asiento para que estuvieran las mías más cerca de las suyas.

Perdona -me dijo como si hubiera sido algo fortuito. Sonrisas cómplices bajo un cielo nocturno que nos contemplaba con envidia...

La cena fue llegando a su fin y tras el postre, donde observe cómo el helado se fundía en su boca,  como apretaba suave los labios presionando la cucharilla, cómo frotaba uno contra otro cuando había tragado..., provocándome en mí todo un deseo de besarla.

Tras finalizar estuvimos hablando tranquilos. Mi cuerpo próximo al suyo y le pregunté si quería ir a tomar algo por alguna terraza o si deseaba ir a bailar. Ella accedió a tomar una copa en alguna terraza pero me confesó que no podía quedarse mucho. Yo accedí y nos dispusimos a salir.

- Cerca de aquí conozco una terraza donde la música es tranquila y se puede conversar... ¡Y sirven unos cócteles increíbles! 

No sé... Algo instintivo surgió. No lo pensé. Busqué su mano. La rocé y la suya  se posó en la mía y al puerta del ascensor se cerró.


La hubiera besado como si la vida me fuera en ello, como si su boca fuera la única manera de tomar aire y respirar. No sé por qué lo hice. Me conformé con levantar ambas manos y besar la suya y con salir de ahí tomados de ellas.

domingo, 22 de marzo de 2015

Miradas (III) El día D...

No podía dejar de pensar en ella. Esto que me pasa se escapa a mi entendimiento. Soy un tipo con suerte. Hay que reconocerlo pero tampoco soy el más de lo más: Un tipo corriente. Sí, ahora me dicen que soy un Grey pero él folla duro y yo me conformo simplemente con follar. ¡Tiene su gracia! Pero con ella, con ella todo era,es, diferente. Pensaba en tenerla entre mis brazos pero no de esa manera, que también, pero sentía, sobre todo, mucha ternura. La misma que sigue despertando en mí hoy en día.
Porque quería darle todo el placer que pudiera, estar atento a sus gestos, a sus deseos; anticiparme con mi cuerpo y con mi mente a cada una de sus fantasía. Quería ver en sus ojos ese brillo tan especial; sentir cómo su cuerpo se arquease de placer y su boca emitiera cada nota... como un instrumento valioso y perfecto entre mis manos.

Esos días durante los que nos habíamos visto, habíamos aprendido muchas cosas el uno del otro. Cada es..., es..., es..., es especial y quería que lo supiera, como si pudiera escribírselo en un cartel de neón, como en las películas de amor.
Cala... Cala... ¡Cómo me gusta ese nombre!
No había habido ni un beso, más allá de los lógicos de cortesía, pero me la comía con la mirada... Y pensaba, creía, estaba convencido de que ella sabía que era devorada y no se contravenía ni se sentía incómoda.
Cuando la invité a cenar y aceptó, empezó a volarme la imaginación. Empecé a maquinar para que todo fuera perfecto. Quería que todo fuera maravilloso e inolvidable para ella. Se lo merecía. Se lo merece todo.

Llegó ese día. Le mandé a su trabajo un ramo de calas blancas por la mañana. Me encantó la emoción de su voz al llamarme para darme las gracias. Era como una niña pequeña con el regalo de su vida. Me emocionó esa naturalidad. Me aseguré que supiera que pensaba en ella. No la agobié con cientos de mensajes pero me hacía notar cada par de horas.


Llegué a casa con prisas. Había cerrado todos mis asuntos para que nada ni nadie me robara tiempo que pudiera dedicarle a ella y, aún así, se me estaban echando los minutos encima. 
Me fui a la ducha directo. Mis manos recorrían mi cuerpo y dejaba que el agua cayera caliente sobre mi piel... Luego, fría... Una impresión que me ponía las pilas.


Me vi en el espejo al salir de la ducha. Anudé la toalla a la cintura. El vaho lo cubría todo. Con mi mano rompí el vapor impregnado en el espejo... Miré mis ojos... Me prometí que esa noche iba a ser una noche única... y ella iba a ser mi mayor tesoro...
Me afeité de nuevo y casi derramé medio frasco de mi perfume por todo el cuerpo. Dice que le gusta pero no me iba a pasar. No quería que mi aroma lo impregnase todo y me impidiera percibir el suyo: Esa delicada fragancia a lilas... que me vuelve loco.

Aún en toalla, abrí el armario ropero y elegí qué ponerme aquella noche: Traje oscuro de corte italiano y camisa blanca..., la corbata... Mi reloj, el anillo...
Un último vistazo a la habitación. Todo en orden.
Antes de salir, decidí llamarla. Asegurarme de que estaba lista. Lo estaba. No iría a buscarla. Nos veríamos directamente en el restaurante. Si quería que fuera diferente había que empezar desde el principio.


- ¿Estás, entonces?
- Sí. Te espero.
- Irá a buscarte un taxi. Te lo envió ahora mismo. Él te llevará directamente hasta el lugar donde vamos a cenar. No tienes que pagarle. No te preocupes.

Había hablado con Manuel, el taxista. Tengo buena relación con él y si puede es  quien siempre me mueve cuando he de ir o volver del aeropuerto o recoger a algún cliente que espero. Ya arreglaría cuentas con él sin problema alguno.

Volví a mirarme en el espejo. La noche acababa de empezar...

Miradas II

martes, 17 de marzo de 2015

Miradas (II).- Con nocturnidad...

Estaba ansiosa por ver una respuesta. Me sentí ridícula. Se hizo esperar o me pareció que el tiempo se dilataba... Y de pronto, dos pitidos me sobresaltaron a pesar de la espera: La señal del mensaje.

- Ha sido todo un placer compartirlo contigo. Ya estoy deseando verte mañana.
- Gracias. No sé si podré invitarte mañana... Bueno, sí..., de lejos.
- Te esperaré... Y, si se me complica la mañana, otro día.
- Me parece bien.
- Creo que se me hará laaarrgo. Sé que lo tienes dificil para escaparte.
- No es por escaparme. Es porque no voy sola.
- Te quiero sola ;-) –A eso respondí con un icono de risa- Hoy no pude dejar de pensar en ti. Recuerdo cada palabra de esta mañana… Y tus ojos… Grabado todo en mi mente.
- ¿Y eso?
- Llevo tiempo viéndote. Y cada día que aparecías… ya el día me merecía la pena… Cuando no estás, el día se vuelve gris.

Me sonreí. Me hizo bien pero tenía que ser prudente. No sabía si era sincero o un simple ligón con otras intenciones. ¿Un tío así fijándose en mí? Y no me doy de menos pero él me parece impresionante: Un tipo elegante, educado… Uno de esos que parecen sacados de una película… Un Grey… Y de momento, con muchas más sombras que claros.


Me sentía a gusto hablando con él y el tiempo se me estaba pasando en un suspiro. Tanto tiempo coincidiendo y era ahora cuando todo surgía de la nada. Aún así, debía ser prudente y no dejarme llevar por emociones superfluas, de esas que te ciegan, que te hacen tener ilusiones y que al final, todo se desvanece como si hubieras comprado una botella de humo.

Hacía tiempo que no sentía ese hormigueo en mí y, al tiempo que me mantenía en alerta, me desbocaba en pensamientos, en quimeras…

El teléfono rodaba entre mis dedos, dudaba en llamarla. No quería romper la confianza que ella había depositado en mí pero, por otro lado, el deseo crecía en mí, convirtiéndose en algo insoportable… Y de la única manera que podía liberarme es llamándola...

El sonido me sobresaltó y el corazón se me aceleró. Vi su nombre reflejado en la pantalla y mis manos empezaron a temblar. No lo pude evitar. Y contesté, esperando unos segundos para no parecer tan impaciente:

- Hola -le musité casi en un susurro a pesar de que nadie, salvo él me podía escuchar.
- Hola... -musitó. Mi cuerpo se estremeció. Si su voz ya me había cautivado cara a cara, por teléfono no tenía nada que ver. Era más masculina y muchísimo más sensual, capaz de provocar una conmoción en todo mi cuerpo.- ¿Cómo estás?
- Bien –respondí sin poder evitar percibir en mi boca esa sonrisa tonta-. ¿Y tú?
- Perfecto… Tumbado en mi cama… Solo.

¿Solo? ¿Eso era una información o una insinuación? No dije nada y pasé a otra cosa. Volví a insistir en posibilidad de no coincidir al día siguiente y él se deshizo en comprensión y dejó, subliminalmente en unas ocasiones y directamente en otras, la intención de continuar viéndonos.

Me elevaba oír su voz al otro lado de la línea. Era y es aniñada y dulce y ella, en cambio, una gran mujer. Así la veía, así la veo, y así la siento. Así quiera tenerla siempre. No, miento... Ser suyo también. Quería algo más. Lo deseaba pero había que ser cauto para no asustarla. No soy un tipo de esos que van a saco. Tengo mi clase. Debía  ser paciente y ganármela con toda la sinceridad del mundo.
La quiero tener más. La quiero mía.

-Buenas noches, David.
- Buenas noches..., mi ninfa... Descansa.

Tras colgar el teléfono, sus palabras se repetían una y otra vez en mi mente, suaves y delicadas, despertando aún más el deseo de estar junto  a ella. Necesidad de volver a verla, estar junto a su cuerpo,  su mirada.... Sentía como su solo recuerdo se inoculaba en mí como un veneno...


Dejé el teléfono sobre la mesilla. No paraba de imaginarla ante mi: Su sonrisa y el leve contoneo de su cuerpo al acercarse al bar todas las mañanas.  La imagen se repetía una y otra vez,  fundiéndose con su cálida voz. 
La imagine ante mí. Mi cuerpo la deseaba y mi mente la recreaba. 
Ahí, con su sonrisa, con su cuerpo para mi, acercándose dispuesta a entregarse...
Mi mano descendía por mi piel, desde mi pecho hasta mi pubis, pasando por mi estómago. Sentía como el placer crecía en mi con ella presiente en mi mente pero sintiéndola tan cerca que su mano era la mía.  
Oprimía mi pene entre los dedos con una suave cadencia, como la que imaginaba tendría ella avanzando sobre mí. No paraba de evocarla, imprimiendo un mayor ritmo y sobre todo presión. Mi otra mano la deslizaba por encima de mi abdomen...

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Pensar en esa conversación, a pesar de que no nos habíamos dicho nada subido de tono, solo nos habíamos desnudando un poco en sentimientos, mostrándonos un poco más íntimos... Pero pensar en la posibilidad de tenerla hacía que la excitación creciera, transformándose en un deseo que explotaría sobre mi piel desnuda, cubriéndola con mi semen cálido, resbalando por mí...

Y qué estúpido me sentí al pensar que le había dicho "mi ninfa". ¿Qué pensaría de mí? No podía permitir cometer ni un solo error. Ni hoy puedo permitírmelo. Su presencia me llena y la necesito. Sí, soy un tío con un par de cojones pero ante una mujer como ella y con un deseo como el que sentía..., como el que siento...

miércoles, 11 de marzo de 2015

Miradas (I)...

Hacía muy poco tiempo que me acercaba por esa cafetería. Está a dos pasos de mi trabajo, en el que también soy nueva, y todavía ando conociendo un poco las calles, los lugares, las personas por lo que no me alejo mucho, aunque he de agradecer a algunos de mis compañeros su cortesía para sentirme más cómoda.
Me encantó desde el primer momento. Solo había visto una así en París y me pareció un lugar precioso, con encanto, recogido y tierno, si es que un negocio puede definirse como tierno.

Aquella mañana bajé sola a desayunar. Había mucho trabajo en la oficina y faltaban dos compañeros, de modo que tanto Luis como yo bajaríamos a desayunar solos.

Empezaba a conocer a la gente aunque no tenía conversación con nadie: Un “buenos días”, un “¿qué tal hoy?” o, un simple “hasta luego”. Solo con los camareros, por el hecho de ir todos los días y tener una relación más cercana, intercambiaba alguna que otra palabra.

Todos esos días había coincidido, a la misma hora y en el mismo sitio, con aquel hombre. Había algo en él que me buscaba. No sé si era su porte –el traje le quedaba como un guante-, el aroma de su perfume –que cuando pasaba a su lado parecía impregnarse por todas partes de mi ser-, la forma que tenía de mirar alrededor de él, aquella sonrisa a medio definir, su educación al saludar… No sé, algo había.
O si, simplemente, se trataba de su físico –no me parecía el hombre más guapo del mundo pero tenía un punto atractivo que lo hacía interesante.

Observé cómo doblaba el periódico y lo dejaba a un lado, cómo tomaba su taza y le daba un pequeño sorbo, cómo miraba el móvil y echaba un nuevo vistazo en torno a sí. No aparté mi mirada cuando sus ojos la encontraron. La mantuve y sonreír. La sonrisa me salió sola. Él me correspondió.


Fue curioso. Mostró su reloj, señalándolo, dándole un par de golpecitos con el dedo índice y, a través, del aire, sin mencionar palabra alguna, leí en sus labios:

- ¿Otro?

Miré entonces mi reloj. Tenía todavía unos diez minutos. ¿Por qué no aceptar una invitación tan inesperada? Acepté, moviendo la cabeza. Sé que tenía un final, así que la excusa para irme estaba más que justificada.
Se acercó a mí con una sonrisa. Me dí cuenta de su andar: seguro, pausado, decidido… Me sentí nerviosa. ¡Qué tonta! Hasta percibí cierto temblor en mis manos. Solo esperaba que ese ardor que sentía en mis mejillas no se expresara también en un sonrojo. No estamos para adolescencias a estas alturas.

- Hola –pronunció. Su voz me pareció una especie de brisa profunda, una de esas que levantan tus faldas, refrescan tu piel y te hacen sentir tímida y avergonzada por haber mostrado más de lo necesario.
- Hola –le respondí con una sonrisa mientras el camarero nos servía otro café a cada uno-. ¿Me puedes poner una nube de leche, por favor?
- Por supuesto –respondió.

 

Tomó mi mano sin que yo se la ofreciera, pero no por no querer sino por qué no se me ocurrió. Luego vinieron los dos besos, uno en cada mejilla. Su perfume me embriagó y me estremeció, y la suavidad de su piel, su aliento tan cerca de la mía...
Su nombre me pareció hermoso en su voz y cuando repitió el mío un par de veces, estuve a punto de derretirme.
El local hasta la bandera y yo solo le oía a él, aunque al principio reconozco que me costó centrarme.

¡Maldito el tiempo que se iba a acabar!
Pero para todo hay un principio y un final.
El tiempo se echaba encima y debía regresar a la oficina para que Luis pudiera salir también. Apuré los diez minutos hasta que ya no pude alargarlos más. Apenas me había dado tiempo a saber su nombre, que trabajaba en una empresa cercana, liado entre papeles y llamadas... Y que era dulce, tierno, cercano, algo embaucador... y sí, sumamente atractivo.
Tanto me pareció que reconozco que me sentí como una jovencita que acabara de descubrir al chico de su vida, mostrándose coqueta, riéndose de todo, intentando resultar más agradable de lo que ya lo era por naturaleza... Intentando conquistar...

- Debo irme. He de turnar a mi compañero.
- Yo también he de irme. Me ha sabido a poco este café.
- Otro día te invito yo a ti.
- Perfecto. ¿Puedes dejarme un momento tu móvil?
- ¿Cómo? -pregunté, sorprendida y confundida.
- No te preocupes. Solo voy a hacer una cosa. No voy a curiosear la información.

No sé por qué accedí a ello. Saqué mi móvil del bolso, lo desbloqueé y se lo entregué. Hábil se manejo en él. Tecleó y me lo devolvió.

- Luego lo miras. ¿Nos vamos? -sonrió mientras sentí su mano en la parte posterior de la cintura, casi imperceptible.
- Sí.

En la calle nos despedimos con dos besos pero en esta ocasión, me atreví un poco más: No dejé que las mejillas se rozaran. Apoyé mi mano en su nuca y posé mis labios sobre su piel.


Y tomamos direcciones opuestas. Aún así, me giré avanzados unos pasos. Le observé caminar dándome la espalda pero, de repente, se giró. Nos miramos, sonreímos y nos despedimos con la mano.
Miré el móvil. Busqué en la agenda instintivamente:
"David
655 XX 25 XX"

Estuve todo el día inquieta, con ganas de saber de él, de hablar pero no me atreví en ningún momento, y esperé a que su nombre saliera en mi pantalla. Algo que era imposible. Había dejado la pelota en mi tejado. Y yo tenía que tomar la decisión de jugar o dejarlo.
A la noche, ya metida en mi cama y después de haber cogido y dejado el teléfono unas mil veces, decidí dejar un mensaje:

- "Me ha encantado el café de esta mañana... Buenas noches. Un beso."


Por mi amiga Magdalia.